Una mañana, donde la oscuridad de las nubes reinaba, me encontraba yo esperando a que sonara el timbre de las siete en punto. Las siete menos menos cuarto marcaba mi despertador y yo que pensaba que con sólo un cuarto de hora no iba a conciliar el sueño. Las siete. Por fin.
Pasé las indefinidas escaleras que conducen desde mi habitación hasta el comedor pasando por el pasillo. Tristemente recuerdo que en cuanto todo reloj bien marcado llegara a las ocho y cinco, mi desgraciada rutina empezaría de nuevo. Un oscuro día gris me esperaba otra vez.
En cuanto llegué a mi gris y aislada celda que formaba parte de mi càrcel (es decir, la clase de mi instituto) llegó mi professional castigador. Bueno. Qué se le va a hacer. Esperemos durante seis horas a ver si se le pasan las ganas de hablar y comernos el tarro con sus sujetos y sus predicados. Al salir, me cruzé con él. Sí. Con mi castigador, pero toda opinión és siempre digna de escuchar.¿No? Me dijo que la lengua era lo que menos bien se me daba. No le he dado ningún beso con lengua y por eso me habla así. ¬¬
Me dijo que me suspendería si no le entregaba el miércoles la redacción que pidió para el lunes. Que fe que tenía el pobre hombre.
Han pasado unos, no sé, unos doce años. Ahora soy yo el castigador de castellano. Un alumno (crío, mocoso, renacuajo cómo le llamarían otros profes) que me recordaba a mí de joven, se me acercó al finalizar la clase y me preguntó que cómo le iba a puntuar ya que las redacciones no me las entregaba nunca, y le dije lo mismo que me dijo mi castigador de mi oscura y gris celda de ése oscuro y gris día:
- Nunca subestimes la aventura del aprendizaje, hijo. És la que el mejor tesoro aguarda ni que no lo veas. Y no lo vas a ver, porque no és nada material. Vas a sentir que lo que tu castigador decía era cierto.
Al cabo de doce años, ése hombre se matriculó cómo profesor de castellano (o cómo castigador). ¿Conseguí lo que quise?No. Conseguí lo que me propuse. Mostrarle la aventura del castellano.
dimarts, 21 d’octubre del 2008
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